Cultura libre

Había cosas sobre las que no podía hablar con libertad, estaba en juego el puchero de alubias. Quería contar algo desde hace tiempo, ahora ya no importa… o no tanto. He conocido a personas que se dedican a programar, desde el año 1978, siempre me parecieron gente extraña. Hasta que conocí en Eibar, hacia el año 1994, a una persona muy especial.

Trabajaba para un empresario infame que vendía plotters de corte y su tarea consistía en crear un software de control que sustituyera el desplazamiento por puntos del brazo del plotter por otro más suave y que, además, posicionara la cuchilla en un ángulo tangente adecuado para evitar desgarrones en los materiales delicados. Estaba encerrado en un despachito sin ventanas en plan supersecreto, pero un día pudimos hablar largo y tendido sin la presencia del infame vampiro.

Lo que estaba haciendo, básicamente, era crear un nuevo formato de fichero que sustituyera al viejo HPGL desarrollado por Hewlett & Packard, el suyo estaba basado en curvas de Bézier, entonces no entendía muy bien la importancia de este planteamiento pero con una paciencia infinita (y orgullo también) me fue explicando en que consistía aquello. Aún hoy siento admiración por él. Sin embargo me di cuenta de que su jefe le despreciaba profundamente a pesar de que le estaba haciendo ganar montones de dinero. Hasta que liberó el código de su trabajo. Sigamos.

En el año 1995 no tenía ni pajolera idea de cómo se conectaban los ordenadores en red hasta que un día necesitamos poner a trabajar a más de 30 equipos de una oficina para renderizar imágenes de forma coordinada y crear una animación. Todo aquello era misterioso, caro,  y si querías saber más tendrías que pagar cursos especializados en lenguajes y protocolos patentados cuyos secretos se guardaban bajo siete llaves. Hasta que alguien me habló de la Red. Así aprendí, mediante listas de correos y Usenet, que había todo un mundo de gente dispuesta a intercambiar conocimientos, ideas, software y ayudar para que tu también pudieras adquirir dichos conocimientos. Les debo mucho y ya he tenido oportunidad de agradecerlo bien en persona o, esa era la idea, ayudando a otros.

Para finales del año 1996 ya tenía en Mañaria un servidor bajo Linux (Slackware) dando un servicio FTP usando una línea telefónica convencional. Así que cuando alguien se ríe o menosprecia a todos estos héroes que con su filosofía han cambiado el mundo (Richard Stallman a la cabeza) tuerzo el gesto y busco el callo adecuado donde poder pisarle. Lo normal.

¿Cambiado el mundo?… pues si ¿cómo creen que funciona eso que llaman Internet? Hasta los enemigos más acérrimos de la «cultura libre» lo usan sin ningún pudor. Para eso es libre, para que TODOS puedan usarlo, sin discriminaciones por raza, sexo, económicas o condición moral. La «cultura libre» es muy respetuosa con los derechos de autoría, libre tampoco significa que la gente no cobre por su trabajo, los sinvergüenzas que se aprovechan del trabajo ajeno sin ofrecer nada a cambio no son bienvenidos.

Y llegaron los artistas de mierda a la internete

Con sus cosicas importantes: Afotos, pinturacas, musiquillas estridentes, textos poéticos y literariamente perfectos, sus artículos de opinión, en resumen: Infinitos e hinchados egos. Creían que las leyes de protección de sus derechos estaban a salvo en la internete, dejemos a un lado que estaban usando una tecnología y un soporte libre de patentes y de uso libre, veamos lo que trajeron: Mala leche, leyes cada vez más restrictivas a la libre circulación de datos. Vale, también hay sinvergüenzas que roban su trabajo y que sus derechos han de ser respetados, pero ¿hacía falta joder a toda la internet?. Parece que si. En ello siguen y no piensan parar.

Compruebo, muchos años después, que los enterados culturetas aún siguen despreciando el espíritu encarnado en aquel excepcional programador eibarrés,  no escarmentamos.

Según pasa el tiempo siento cada vez más respeto por los programadores que comparten su código. Por el contrario,  mis naúseas aumentan en la medida que la internete se va contaminando de autores e instituciones que forman eso que llaman «industria cultural». ¿Terminaré vomitando? Esperemos que no.